La Educación Superior está basado, principalmente, en las posturas cognoscitivista y conductual. En la primera se explora a autores como Gagné (1965); Hilgard (1979); Pérez Gómez (1988) y Zabalza (1991) entre otros y en la postura conductual, a Kantor (1978); Ibáñez (1994) y Guerrero (2003).
Los diversos autores plantean que existe una estrecha relación entre educación y aprendizaje, donde se enfatizan diferentes dimensiones del mismo: físicas (dentro-fuera o interior-exterior), biológicas (herencia, maduración, fatiga), históricas (experiencia, memoria), sociales (socialización, actitudes, moral), individuales (capacidades, inteligencia, aprendizaje) y disposicionales (interactivas, situacionales e históricas).
Ibáñez (1994), considera que la educación tiene como objetivo la formación de capacidades y actitudes de los individuos para su integración a la sociedad como seres que sean capaces de regular el status quo y a la vez puedan transformar la realidad social en pos de los valores vigentes en un momento histórico determinado. Por tanto, la tarea de la educación superior es “la formación de profesionales competentes; individuos que resuelvan creativamente, es decir, de manera novedosa, eficiente y eficaz, problemas sociales” (p. 104).
Las Instituciones de
Educación Superior, son las encargadas de la educación en los jóvenes y las
características de éstas; están íntimamente relacionadas a la calidad de la
formación de sus estudiantes, considerando que la calidad hace referencia a un
sistema donde los principales factores son los individuos quienes son capaces
de organizarse de forma eficiente para alcanzar las expectativas de la
organización educativa (Guerrero, 2003), por ello, su función está dirigida al
desarrollo de la creatividad e innovación en ellas mismas, propiciando un
ambiente educativo que además de solucionar problemas sociales actuales junto
con los alumnos, también ayuden a preparar mejores profesionistas para el
futuro.

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